![]() |
| Inés Bazil |
![]() |
| Eli Costeló |
![]() |
| Leo Branca |
![]() |
| Freddy Krueger |
Por Gabriel Jiménez Emán
H se levantó tarde esa mañana de septiembre, y fue al baño a afeitarse. Al mirarse al espejo sintió que algo le faltaba, pero no pudo precisar qué. Más tarde, cuando ya había pasado la hoja de afeitar varias veces sobre la piel, se dio cuenta: le faltaba una oreja.Primero sintió deseos de gritar, y los contuvo. Luego intentó tocarse la parte afectada, pero los nervios no lo dejaron. Se mantuvo perplejo unos minutos, sin saber qué hacer. Finalmente decidió terminar de afeitarse; se secó, se puso loción y dio la espalda al espejo, no sin antes mirar el sitio donde debía estar su oreja. «Tengo que encontrarla», pensó. «La necesito para oír».
H era un hombre miope, y cuando fe a colocarse los anteojos para buscar la oreja, se dio cuenta de que no podían sostenerse. Era bastante incómodo tener que agarrar el bastoncillo de los lentes mientras miraba debajo de los muebles y las mesas, detrás de las cortinas, bajo las camas y las alfombras.
La oreja no aparecía. Ya los anteojos de H habían recorrido todos los rincones de la casa, se asomaban por pequeñas rendijas donde era absurdo buscar una oreja. Así transcurrió toda la mañana, y H ni siquiera llamó al trabajo a avisar que no iba.
Los ojos le dolían de tanto imaginarse orejas en todos lados. Los nervios ya comenzaban a alterársele y se recostó, aunque no puedo dormir. De vez en cuando se paraba y se veía al espejo tratando de engañarse, intentando pensar que todo aquello era un sueño, pero el espejo volvía a reproducir la realidad. Sin embargo, pudo descansar un poco. Despertó en la tarde algo mareado, y llamó a la oficina a excusarse por no haber ido. Después bebió té, leyó algo, trató de olvidar la oreja y evitó los espejos.
Al caer la noche, H ya estaba casi acostumbrado a su situación. No sentía ningún dolor, y poco después descubrió que oía perfectamente, incluso mejor. Escuchó música varias horas, y le alegró oír con tanta claridad y profundidad las notas, las cuales se combinaban dentro de su cabeza produciéndole un deleite que jamás había experimentado. Sintió tanto disfrute que hasta llegó a pensar que lo mejor era desprenderse de la otra oreja, para obtener así un mejor clímax auditivo.
Poco a poco fue descubriendo los pequeños goces que le proporcionaba la ausencia de su oreja: oía las conversaciones de los vecinos con sólo pegar la cabeza de las paredes; podía escuchar a voluntad el sonido de cualquier cuerpo u objeto, siempre y cuando pudiera verlo; cuando hablaba por teléfono su oído podía percibir (a su medida, pues estaba en capacidad de regular la potencia de su audición como si se tratara de un radio receptor) las conversaciones en cualquier lugar de una casa.
Poseía además la ventaja de que su oído tenia límites (estimó que hasta diez veces más de lo normal, pero su aproximación era vaga), y esto no le ocasionaba preocupaciones de infinitud o desproporciones peligrosas. También descubrió que su oído normal le ayudaba a neutralizar la excesiva potencia del otro; más bien representaba un complemento.
Estos hallazgos le hicieron disipar un poco el sentido del tiempo. Tenía ya varios días sin ir al trabajo, cuando se dio cuenta de que corría el peligro de perder el empleo. Entonces se apresuró a llamar.
Habló con M, un compañero de oficina que se alegró mucho de volver a oír, después de tantos días. Luego de algunos saludos de rigor, H y M tuvieron la siguiente conversación:
M: ¿Dónde habías estado? Te hemos llamado varias veces a tu casa, pero nadie responde el teléfono.
H: Tuve que desconectarlo. No me he estado sintiendo bien en estos días, y no quería más molestias.
M: ¿Por qué no habías avisado? Aquí todos estamos preocupados por tu ausencia.
H: Después te explico. Esta misma tarde iré a la oficina.
M: Está bien. Hasta luego.
H: Hasta luego.
(Mientras esta conversación se produjo, H oyó los comentarios de los demás compañeros de trabajo, todos referentes a su alarmante ausencia, al incumplimiento de los deberes y la irresponsabilidad de alguien que, como él, siempre notificaba de antemano cualquier problema.)
H no había salido de la casa ni al trabajo porque le apenaba su apariencia. Además, no podía soportar las preguntas, los interminables cuestionarios que comúnmente son generados por cualquier accidente. Y como en este caso tampoco había ninguna respuesta lógica, la situación se tornaba aún más embarazosa. ¿Cómo iba a explicar la desaparición de una oreja y una recuperación tan pronta? Tarde o temprano alguien habría ido a saber de él y, allí en su casa, todo el asunto hubiese resultado peor. Pero de algún modo tenía que salir. Se armó de todas su fuerzas para vencer la timidez, y al fin lo hizo.
Cruzó rápidamente la calle subiendo el cuello de su sobretodo, ocultando la cabeza y evadiendo cualquier saludo de los vecinos. Mientras caminaba (los ruidos de la ciudad estimulaba demasiado su oído) pensó la decisión final: renunciaría al empleo, no contestaría a ninguna pregunta en la oficina, y le encargaría a un abogado los últimos trámites del caso.
Efectivamente, poco después llegó a la oficina, preguntaron: « ¿Dónde estabas? », « ¿Por qué no habías venido?», « ¿Qué te había sucedido?» Sin hacer caso de las preguntas caminó directamente a su escritorio, a buscar unas carpetas y algunas pertenencias que allí guardaba.
Cuando abrió la primera gaveta vio que ahí, confundida entre papeles, libros y lápices, estaba la oreja perdida.
“Relatos de otro mundo”
Monte Ávila Editores Latinoamericana




No hay comentarios.:
Publicar un comentario