miércoles, 6 de noviembre de 2019

Sin contestar

Abel Só

El sueño ha sido corto, tan corto como lo ha sido mi tiempo de descanso. Apenas cuatro horas dormido, una madrugada interrumpida por la ansiedad social que me ha atacado en el sueño.
Todo ha sido tan simple pero tan desgastante que me desperté hiperventilando. En el sueño, apenas entré a Facebook vi que tenía una conversación pendiente por responder, era de un narrador joven al que sigo desde hace un tiempo y que nos hemos vuelto amigos “virtuales”, de esos con los que la única interacción es a través de reacciones a publicaciones y alguno que otro post compartido. Ya, más nada. Desde hace algún tiempo he querido hacerme verdadero amigo de él por lo genial que es como narrador y pues, a través de sus historias, he sabido que coincidimos en muchas cosas de la vida, aparte de tener la misma edad.
Es esta pequeña, pero significativa, notificación que despierta en mí el interés en saber qué me ha escrito, pero para mi sorpresa lo ha hecho desde hace mucho tiempo y yo le he ignorado todos sus mensajes. Ha compartido publicaciones de filosofía y literatura, algunos chistes, me ha pedido leer sus borradores e incluso me ha reclamado en varias ocasiones el no haberle respondido. Dentro de este desconcierto miro que, en efecto, he leído todos sus mensajes pero no he respondido a ninguno. Me embarga una vergüenza que descarga un chorro de adrenalina en el cuerpo y siento el advenimiento del ataque de ansiedad que desde hace un par de años me acecha. No sé qué responderle, leo y leo cada vez más mensajes de ese que ha querido ser mi amigo y lo he ignorado sistemáticamente sin saberlo.
La pantalla me absorbe, ya no tengo cuerpo, soy un mensaje tras otro que me golpea justo en la cara y parecen tener un peso en mi conciencia. Me da miedo responder a los mensajes, a las dudas de los demás, quizás por temor a la recriminación o a la decepción, me digo con cada mensaje que paso y donde la lista parece no tener fin.
Al final, cuando pulso la casilla para escribir… despierto. La habitación oscura, cinco de la mañana, cama fría y mi boca agrietada de tanto respirar a través de ella.

(06.11.2019)

3 comentarios:

  1. Pareciera que existiera una necesidad de aprobación, por eso la urgencia de responder y atender a todas las llamadas. Es como ese síndrome que sufrimos desde la llegada del celular, revisar cada mensaje y cada reacción de nuestras redes para sentirnos vinculados. Lo mejor es esa confesión inicial que reivindica los vínculos profundos, de amistad, ese deseo de materializar relaciones más cercanas.

    ResponderBorrar
  2. Estoy de acuerdo con el excelentísimo Mr. Branca. Creo que además de la necesidad de aprobación también hay una ansiedad por tener relaciones más auténticas, vínculos que suelen ser muy cuestionables en el campo artístico. Cuando tememos por vínculos no solo lo hacemos por tener a alguien con el que compartamos ese Yo generalizado, para parafrasear a Freud, sino también lo hacemos por la angustia de encontrar a un interlocutor (todo esto es igual a la búsqueda o encontrarnos a nosotros mismos). El interlocutor es un otro y el otro nos constituye. Creo que no se trata de una necesidad de aprobación externa sino interna, un asunto de aprobarse a uno mismo, así mismo a través de la relación con los otros.

    ResponderBorrar
  3. Las redes sociales han aumentado esa necesidad de vincularnos con otros, compartir intereses, y la verdad es algo que existe desde que la humanidad ilustraba cazas y rituales en las cavernas, interactuando con otros sobre sus saberes e intereses. Sin embargo, en estos años más recientes de la des-comunicación, la necesidad de una conversación con otros se ha vuelto más urgente.

    ResponderBorrar